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Reflexiones para el futuro: rentabilidad y riesgo

Eusebio Díaz- Morera. Presidente del Grupo EDM

Eusebio Díaz- Morera. Presidente del Grupo EDM | 16 septiembre del 2008 - 01:11 hrs.





El mercado bajista en el que nos hallamos desde el verano del año 2007 y la subsiguiente evolución de la crisis financiera cuyo furor se ha acelerado dramáticamente estos últimos días plantea a los inversores candentes preguntas que, como casi siempre, sólo pueden contestarse tomando distancia del problema.



Muchos inversores se sienten angustiados por la solvencia de sus inversiones y concluyen simplistamente que lo único que pueden hacer es poner su dinero bajo el colchón. La respuesta aunque equivocada, no es absurda tras la colosal pérdida de confianza en el sistema financiero que la actual crisis ha provocado.



El periodo que ahora concluye ha sido calificado por observadores y economistas como el de la “gran moderación” ignorando que la calma aparente ocultaba un desastre latente cuya magnitud ha superado todas las previsiones incluso las de los más escépticos. De hecho la “gran moderación” de la inflación y de los tipos de interés ha alentado una carrera inaudita de expansión del crédito, en consecuencia de apalancamiento que, al reventar, va a traernos años de penosa recomposición de balance de las familias, de algunas empresas y de la mayoría de las instituciones financieras.



El dolor que este monumental ajuste va a producir no debe, sin embargo, ocultar que la actual crisis va a segar por bastante tiempo el ambiente febrilmente especulativo en el que hemos vivido la última década. Y aunque todos sabemos que más pronto o más tarde retornará, pues la codicia es un elemento inherente a la naturaleza humana, el periodo que se abre ante nosotros será de sobrio esfuerzo, trabajo duro y poca cosecha.



¿Hay algo que pueda hacerse sin invocar sistemáticamente a reformar la regulación y la vigilancia de los mercados? La pregunta no pretende sugerir que la reforma de la regulación no sea imprescindible por ejemplo en los EEUU, cuyo fiasco clamoroso ha constituido un elemento central que ha contribuido a la crisis bancaria que vivimos. Simplemente resulta evidente, en mi opinión, que el clima especulativo en el que ha vivido el mundo empresarial y financiero también en España ha sido inaceptable y cuyas consecuencias hubiesen podido ser peores si la regulación y la supervisión en España no hubiese sido de mucho mayor rigor y sensatez que la norteamericana.



El perfil de la economía de casino alentada por una expansión del crédito sin precedentes sugiere que empresarios, entidades financieras e inversores tras largos años de bonanza llegaron a creer que esta nunca terminaría. Y todo hay que decirlo, los medios de comunicación también han contribuido a crear un ambiente de disparatadas expectativas de rentabilidad entre sus lectores y oyentes.



La gran perdedora de estos años de frenesí ha sido la inversión de sentido común, comprensible para los inversores, sin atajos a la inevitable paciencia que es un elemento esencial a la actividad inversora. Pero cuando todo se conjura para convertir a un inversor a largo plazo en un “trader” a corto plazo cuesta mucho sustraerse a la tentación especialmente entre aquellos más jóvenes que sólo han vivido épocas de bonanza.



El apabullante predominio en España de las entidades financieras con negocio minorista, les incita a orientar a sus clientes a la compra recurrente de productos cuyo motor es la fiscalidad cambiante, las modas de los mercados o los intereses de la entidad oferente. ¿Quién atiende los intereses de los inversores que se sienten crecientemente zarandeados por mercados cuya naturaleza les resulta incomprensible?



Las redes comerciales de las entidades financieras no están en muchos casos preparadas para vender productos cuyo perfil de riesgo esta muy lejos del tradicional depósito bancario. Pero la compresión de los márgenes sufrida por las entidades bancarias les ha empujado a generar ingresos vía comisiones en lugar de aceptar la moderación del crecimiento de beneficios. Si las entidades que distribuyen productos de inversión no hacen un fundamental examen de conciencia sobre la naturaleza de los riesgos implícitos en las inversiones los esfuerzos de los reguladores, aunque valiosos y necesarios, serán estériles.



Y los inversores debieran aceptar con realismo las expectativas de rentabilidad. La inversión en acciones cotizadas ha producido históricamente un resultado conjunto, entre dividendos y revalorización, del 10% anual acumulativo. Sólo los inversores experimentados valora que este interés compuesto permite doblar el valor de la inversión (si se ha reinvertido el dividendo) al cabo de 7 años. Periodos de aceleración de resultados, que son frecuentes, implican o sobrevaloraciones insostenibles (1997-2000) o crecimientos de beneficios también insostenibles (2003-2007).



En consecuencia, el inversor con sentido común debe aceptar que, a largo plazo, el resultado está movido exclusivamente por el dividendo inicial y el crecimiento de beneficios de las empresas en que invierte. Por tanto, debiera esforzarse más por invertir en buenas compañías a precios razonables que tratar de anticipar el comportamiento de los mercados a corto plazo.



Naturalmente, esto es lo contrario que lee o escucha tanto por parte de la industria de la intermediación que alienta el trading a corto plazo pues genera comisiones, como de los medios de comunicación que sugieren las acciones a comprar “para los próximos tres meses”. El acierto a corto plazo es imprevisible y obedece más a la suerte que a la habilidad del inversor y , por tanto, es mejor que el inversor normal se concentre en los fundamentos de la inversión, al alcance de cualquiera, que al último comentario o recomendación de los llamados expertos.



Para terminar, una última reflexión sobre la convencional distinción entre renta variable como sinónimo de riesgo y la renta fija cómo sinónimo de seguridad. Todas las crisis financieras de envergadura se gestan y desarrollan alrededor de la renta fija por más que la espectacularidad esté en la renta variable, ya que ésta se contrata y valora al segundo, mientras que las dislocaciones en el mercado de la deuda y de crédito quedan ocultas por la relativa iliquidez de estos mercados. Y la iliquidez es la antesala de la insolvencia.



Tal como yo veo las cosas me parece que, de cara a los años que vienen, si los inversores asumen incrementos de beneficios modestos del orden del 6% al 8% para los próximos cinco años y a eso añadimos las actuales rentabilidades por dividendo ¿dónde hallar un mejor balance entre riesgo y rentabilidad durmiendo además con tranquilidad?



Eusebio Díaz- Morera. Presidente del Grupo EDM


 

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